El número de la bestia

Por Hernán Gálvez Villavicencio

Hernan-Galvez-01Ya, salió Trump. ¿Te has muerto? ¿Estás a punto de suicidarte? ¿Tu vida ya no tiene sentido? Querido “electarado”: hijos (mejor no les digo de qué) contemplen a su pelirrojo padre. Padre, agradece a estos tus hijos (ya sabes de qué)…

No voy a aburrirlos con su merecido “se los dije” (bueno, un poquito: ¡se los dije!, ¿de qué carajo lloran?) y mejor usemos –ahora sí, ya que les dieron vacaciones en las elecciones- un poquito nuestros cerebros para analizar el (obvio) por qué del trumpocalipsis.

Empecemos con que la bestia ganó sin ganar, como ha ocurrido ya cuatro veces en este estúpido sistema electoral. Trump obtuvo 61.496 millones de votos electorales contra 62.830 millones de Clinton. O sea, la candidata demócrata superó por casi un millón y medio de votos reales al pelirrojo. Y no ganó. Plop.

Recordemos las elecciones anteriores, 2012: Mitt Romney perdió ante Barack Obama sacando 60.933 millones de votos populares, muy por debajo de los 66 millones de Obama, pero casi empatando con lo logrado ahora por Trump, el reciente “ganador”. Pero retrocedamos una elección más, 2008: John McCain fue arrasado por el negro con casi diez millones de votos de diferencia: 69.498 vs. 59.948. O sea, Trump ha ganado con virtualmente el mismo puntaje del perdedor en la última contienda. Y Clinton “perdió” superando en votos a los tres últimos candidatos republicanos. Re-plop.

Lectura política facilita: no es que la gente haya saltado de negro a blanco como se cambia de medias. No ha ocurrido fenómeno social alguno, no se hagan bolas. Trump conquistó el voto duro republicano -machista, misógino, conservador, proteccionista, del “blanco pobre”- de siempre, y los votos híbridos que Barack logró acaparar dos períodos consecutivos no eran ahora tan necesarios ante una contendora tan frágil como Hillary. Trump no ganó, Clinton perdió.

 

¿Y a dónde fugaron los votos híbridos, los “flexibles”?: quien tenga entendimiento lea el número de la bestia, porque es número de electarado: 4.307 millones para mi preferido Gary Johnson, 1.323 millones para la flaca Jill Stein, y unos 600 mil votos repartidos entre los enanos McMullin y Castle. O sea, iluminados: virtualmente 6 millones de votos repartidos entre quienes de ninguna manera hubieran votado por Trump. Con menos de la mitad Hillary estaría ahorita contemplando las áreas de esparcimiento de su esposo en la Casa Blanca.

Apocalipsis now

No tengo la menor esperanza de que ocurra el más que necesario cambio en el obviamente insensato proceso electoral estadounidense. ¿Cómo miércoles Estados Unidos pretende ser el paladín de la democracia mundial cuando el candidato que saca más votos pierde? El mamarrachiento sistema de los colegios electorales no es siquiera anacrónico, ya que en ninguna etapa de su historia tuvo razón de ser: es simplemente enrevesado y hasta inmoral. Y bueno, supongamos que no existe voluntad de cambiarlo por el exagerado respeto a lo impuesto por los peliblancos Founding Fathers: ¿por qué de cualquier modo tenemos que escoger entre dos opciones?

No faltarán los que digan que no es así, que siempre se puede votar por los candidatos enanos. Claro, y la lucha libre es real y O.J. Simpson es inocente. Los otros candidatos participan pero no existen. ¡Ni siquiera los dejan debatir! El sistema está diseñado para una corrupta pero legal alternancia de poderes: ocho años para ti, ocho años para mí. Cambian las caras pero no los pensamientos.

Por eso decía que mi esperanza es cero. El pueblo estadounidense es apolítico por naturaleza. Se acuerda si es republicano o demócrata sólo cada cuatro años; después regresa a sus actividades diarias que raramente se ven afectadas por un cambio de timón.

La elección de un monigote como Trump debería hacernos despertar y promover modificaciones en las causas electorales, en la organización de partidos, en la renovación de la clase política… Debería. Pero eso no sucederá.

Tú, latino indescifrable (¿explícame cómo has subido dos puntos porcentuales -27% a 29%- en tu apoyo republicano a comparación de la última elección?), seguirás creyéndote todo lo que dicen (las novelas) en Univisión y hasta te ofrecerás como voluntario para construir el muro fronterizo prometido. Tu cómoda vida de inmigrante agradecido –oh cubano de la Florida, ¿acaso crees que tus beneficios migratorios son por elección divina?; tienes Green Card gracias al odio americano por Fidel, nada más- continuará intacta, así como tus neuronas.

Daba arcadas escuchar a votantes de origen hispano “apoyar” la reforma migratoria de Trump. Ok, apoyémosla, pero ¿qué tal si la hacemos retroactiva por tres generaciones, so cacasenos? A ver si les gusta.

Lamentablemente no es delito ser imbécil, sino podríamos al menos encarcelar unos cuantos millones y limpiar un poco el espectro electoral. Pero por ahora esto es lo que tenemos. Repito lo mismo de la profética columna anterior: mucho no va a cambiar. No es que las leyes migratorias serán más hostiles, sino que las ya existentes se harán cumplir con mayor rigurosidad.

La deportación casi instantánea para indocumentados con antecedentes criminales ya existe, sólo que los últimos gobiernos han ocupado sus recursos en otras cosas. Trump promoverá los beneficios tributarios (tax cuts) para las grandes empresas tal como lo prometió en campaña. Los ricos serán más ricos pero como por ahí se crearán un par de miles de puestos de trabajo más, los suficientes para poner en azulito la tabla estadística anual, nadie reclamará y todos felices. Como siempre.

Los radicales islamistas nos odiarán más y por ahí tendremos un par de atentados significativos, personalizados en el presidente o en alguna ciudad importante. Otro 9/11 que garantice la continuidad del régimen y ese espíritu patriotero que más bien debería aparecer para producir un verdadero cambio. Pero aquí no pasó nada. Órale Trump.

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