La tentación de hacerlo solo una vez

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Sergio Morales
Una pequeña bola de papel atraviesa volando el salón de clases. No es muy grande. Tiene el tamaño un poco mayor al de una pelota de golf y pesa lo suficiente porque está hecha con dos hojas. Los niños saben eso. Es clave en la guerra de papeles. Si tu proyectil es ligero no avanzará mucho porque el aire lo detendrá y en consecuencia el golpe será casi imperceptible. Para que funcione necesitas hacerlo más pesado, de esta manera rompe el aire, toma velocidad y obviamente duele más. Yo estoy sentado en la esquina derecha del fondo del salón y fui muy cuidadoso de hacer un lanzamiento lo suficientemente alto para que no le pegara a nadie pero también lo suficientemente largo para que todo el mundo lo viera. De esta manera y de acuerdo a mi plan participaría en la guerra pero sin luchar contra nadie en particular por lo que no tendría que preocuparme de algún contraataque.
Veinte segundos antes me había pegado en la cabeza el primer proyectil de papel. No respondí. Soy un tipo tranquilo, siempre lo he sido. Incluso he recibido felicitaciones por parte de la maestra debido a mi buen comportamiento. Cuatro segundos más tarde el segundo proyectil se impacta contra mi ojo izquierdo y sus pequeños picos puntiagudos se clavan levemente en mi párpado superior al que muevo hacia abajo por un acto instintivo de defensa.
No me molesta. De hecho, casi nada me molesta. Además me parece un poco divertido y la verdad me gusta divertirme y hacerlo en este momento parece muy adecuado y lo mejor de todo inofensivo. Quizás por eso empiezo a animarme un poco. Cinco segundos antes de que yo tome esa pelota de papel y un segundo después de que me impacte, Raúl viene y se burla de mi –jajajajaja en tu cara tonto- me dice y se aleja corriendo hacia el extremo izquierdo del salón. Llega hasta la puerta de entrada. Tiene suerte de que la maestra no esté. Ella siempre hace lo mismo a esta hora en clase. Apunta cinco ecuaciones en el pizarrón y se va a la dirección de la escuela, siempre con la advertencia de que nos portemos bien. Al solo cerrar la puerta tras su salida se inicia la guerra de bolas de papel en la cual me he rehusado a participar por meses. Mi madre me mataría si lo hiciera.
Tras el impacto sin dolor del papel en mi ojo izquierdo, me río levemente y me agacho en mi banco para esquivar otro proyectil. Pongo mi pecho pegado al pupitre pero aún llevo mi ojo izquierdo cerrado por la inercia del acto reflejo del impacto. Totalmente agachado y solo con mi ojo derecho veo en el piso un montón de bolas de papel tiradas junto a las mochilas de mis compañeros. Pero la que parece pelota de golf resalta entre todas ellas. Otras bolas de papel siguen volando por encima de mi alcanzo a verlo de reojo. Tras otro segundo me recupero totalmente del impacto en mi ojo. No puedo negarlo, tengo ganas de tomar esa bola de papel y lanzarla. Me detengo porque me asusta la reacción que pudiera tener mi madre. Pero quiero hacerlo. Quiero jugar. Quiero alocarme. Quiero ser salvaje. Definitivamente quiero hacerlo ¡Por dios! Estoy en la escuela. La puerta está cerrada. Mi mamá no está. La maestra no está ¡Vamos! ¡El mundo es de los atrevidos!
Tomo la bola de papel con decisión, la aprieto en mi mano y en un acto rápido, exacto y brutal como el de un guerrero ninja me levanto de un brinco de mi pupitre y gritando -¡Tomen malditos guerreros del mal!- Lanzó la pelota de papel lo suficientemente alto para que no le pegue a nadie pero también lo suficientemente lejos para que todo el mundo la vea.
Y si, todo el mundo la ve. La bola de papel vuela firme y segura atravesando el salón desde mi lugar en el fondo derecho con rumbo hacia el extremo izquierdo del frente, por donde había visto que se había ido Raúl. Tras soltar toda la adrenalina con la euforia de mi grito descubro que extrañamente mi proyectil es el único que surca los ahora tranquilos cielos del salón de clases. Por alguna extraña razón ya nadie está luchando. En milésimas de segundos mi vista se da cuenta que mis compañeros ya están perfectamente sentados en sus pupitres, la maestra recién abre la puerta del salón, yo soy el único que está de pie mientras mi proyectil de ninja sigue volando.
Mis compañeros tienen sus ojos puestos en él. La maestra ve que se acerca hacia ella pero es imposible esquivarlo. Ella solo alcanza a medio cerrar un poco los ojos tratando de sufrir el menor daño posible. Mi puntería siempre ha sido pésima pero en esta ocasión y sin desearlo la bola da exactamente en el centro de sus lentes.
Claramente puedo sentir como toda la sangre de mi cuerpo baja hasta los pies. De inmediato pienso en mi madre. Las fuerzas se me van.
Sin ningún tipo de averiguación ni intención por conocer la realidad de los hechos y sobre todo sin ningún tipo de defensa hacia mí persona, fui condenado a tres días de expulsión por mi mal comportamiento. A mi madre no le interesó mi importantísima y trascendental versión de los hechos, le bastó la frase “me expulsaron” para aplicar sobre mi trasero y mis piernas todo su extenso repertorio de cintarazos.
Solo lo hice esa vez.

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