Lo que callan los presidentes

Por: Hernán Gálvez Villavicencio

hgalvez@me.com
@hernanpocofloro

Sería fácil sumarse al bullying internacional y repetir los (aburridos) clichés comunes: qué terrible lo de Maduro, esperamos condena y justicia internacional, ¿qué espera Estados Unidos para intervenir militarmente?, bla bla blá… Todos dejaron crecer al monstruo y ahora nos quejamos que asusta. No existe análisis que valga en situaciones como esta más que la simple ponderación de hechos: la “lucha” no es, ha sido ni será por la democracia, sino por intereses geopolíticos y económicos. Así de simple.

Estados Unidos anuncia sanciones económicas para Venezuela. Ya. ¿Qué tipo de sanciones? ¿Cerrará las gasolineras CITGO en todo el país? ¿Dejará de comprarle petróleo? Nones. No lo hizo Bush ni Obama, menos lo hará ahora este empresario disfrazado de presidente. Lo políticamente correcto es condenar las muertes, satanizar al burro y pedir que se restablezca el estado de derecho. Más bla bla blá. Pero no hay que tener un coeficiente intelectual extraordinario para darse cuenta que dictadura hubo desde Chávez, fraude hubo desde Chávez, muertos hubo desde Chávez. Y la posición yanqui siempre fue la misma: hacerse el cojudo. Igualito a como ocurre con China: condenamos su tiranía, abajo el comunismo, etc., de la boca para afuera. Haga un ejercicio práctico: vea la etiqueta de su camisa o zapatilla. Made in what?... El día que la moralidad se interponga a los intereses comerciales, los presidentes dejarán de cobrar sueldo.

Si queremos ser francos, la verdadera crítica debe enfocarse en los electores. En la sociedad venezolana. ¿Cómo diablos pudo permitir que -primero Chávez con sus dádivas socialistas camufladas detrás de las Casas Alba- sus gobernantes dilapidaran así los recursos estatales? Mi papá vivió un tiempo en Venezuela y me contaba que la relación de la gente con Chávez no se basaba necesariamente en el miedo, sino en sumisión activa: lo adoraban genuinamente. Chávez, como buen populista, jugó astutamente con el interés directo de aquellos para los que la democracia es un lujo prescindible: comida y vivienda. Su programa de subvenciones tapaba –literalmente- la boca a toda esa masa ignorantona que solapó sus excesos con aquella máxima vergonzante que lamentablemente aplica a muchos de nuestros países, sino a todos: roba, abusa, pero hace obra.

Y vaya obra colateral que dejó en herencia. Un ¿presidente? poco menos que fronterizo mental que no solo habla con los pajaritos sino que tiene el don de la transportación y la invisibilidad, porque afirma –y hasta narra- conversaciones secretas en donde siempre los yanquis quieren matarlo. Claro, sus poderes mágicos desaparecen cuando hablan de sus entripados comerciales con Mr. Danger; ahí ya no presencia cháchara alguna y regresa a su cubil a seguir ¿gobernando? A estas alturas, por Dios: ¿a algún venezolano le cabe duda que a Chávez le interesaba un carajo Venezuela? ¿Alguien con un poquito de cariño a su país  podría dejarlo en manos de semejante imbécil (y Chávez, no siéndolo, sabía perfectamente lo inútil que es Maduro)? No sabemos con precisión cuáles eran sus planes para con su país. Pero sí queda claro lo que no estaba en sus planes (personales): dejar el poder y morirse. En ese orden.

Presidentes encerrados

Hubo otro “estremecimiento” magdaleno en la región por diversos escándalos de corrupción al más alto nivel, todos con matriz brasileña. El ex presidente Lula Da Silva fue sentenciado a 9 años de prisión por recibir sobornos por más de un millón de dólares de la constructora OAS. Mientras que en Perú la “indignación” ffue aún más lacrimógena: el ex mandatario Ollanta Humala, acusado de haber recibido 3 millones de dólares de otra de las constructoras favoritas de Lula, Odebrecht, ha sido arrestado mientras lo investigan, a poco menos de un año de haber dejado el cargo.

Otro ex presidente, Alejandro Toledo, tiene orden de captura internacional por haberse agenciado veinte millones de dólares de la misma constructora. Y otros tres prominentes políticos -el ex presidente Alan García, la ex congresista Keiko Fujimori y el mismísimo presidente actual, Pedro Kuczynski- también son investigados por haberse beneficiado con sobornos de la bendita constructora mientras el primero era presidente, la segunda candidata presidencial y el tercero primer ministro de Toledo. ¿Cómo la ven? Si sumamos a esto el hecho de que otro ex presi, Alberto Fujimori, purga una larga condena por corrupción y crímenes de lesa humanidad –curiosamente a pocos metros de su otrora crítico Humala- estamos sin lugar a dudas ante una crisis política sin precedentes en la historia peruana.

Pero repito: lo que no entiendo es  por qué tanta sorpresa. A ver: a Humala se le acusa de haber recibido la plata para solventar su campaña presidencial. Técnicamente no era funcionario público pero la presión mediática ha sido tal que su encarcelamiento preventivo estaba cantado. La cosa aquí tampoco es si es “culpable” o no, sino, de nuevo, la “candidez’ –por no decir descarada complicidad- del electorado: ¿en verdad creemos que las campañas presidenciales se financian con rifas o “donaciones” desinteresadas? ¿Tan pánfilos somos o nos hacemos?

Si un presidente en Latinoamérica gana un promedio de $5,000 mensuales y “trabaja” por 5 años, eso arroja a grosso modo unos $300,000 cuando termina su mandato. Y ninguna campaña presidencial baja del millón a millón y medio de dólares, la más austera. Ni qué decir si pasan al ballotage. ¿Quién apuesta por amor al arte? Odebrecht –supuestamente por encargo de Lula y su movimiento socialista- apoyó en simultáneo las campañas de, ¡oh sorpresa!, dos de los candidatos que llegaron al ballotage, Humala y Fujimori.

Desde que se abrieron los mercados y permitió el concurso extranjero para proyectos de construcción estatales, la presencia tácita de la coima es un hecho. Nadie dice que esté bien, pero o afilas tus filtros de selección –si permites concurso foráneo, ¿por qué no aceptas arbitraje extranjero también?, qué más da- o simplemente no te quejes. En democracias tan frágiles como las nuestras es difícil controlar no sólo a funcionarios subalternos que te “facilitan” ciertos trámites por prebendas, sino a los mismísimos mandos altos. En este (vergonzoso) caso: los presidentes. Y tampoco se soluciona nada endilgándole toda obra al estado porque, como ya vimos, la pendejada viene desde arriba. Reforzar los filtros, sí, pero todo crece desde el embrión: cómo se vota. Involúcrate más y dejarás de gestar monos con metralleta. Cada país tiene el gobernante que se merece. Si quieres algo mejor, piensa mejor, pues.

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