Sin debate no hay paraíso

National Guard Ohio

Por: Hernán Gálvez Villavicencio
hgalvez@me.com / @hernanpocofloro

Hernan-Galvez-01Por fin tuvimos el tan esperado primer debate presidencial. Antes de mi primer diagnóstico, un mea culpa aterrado: detesto tener razón en circunstancias así. Eso me pasa por dármelas de brujo. Pero quedó Trump como candidato pues, como lo pronostiqué en columnas anteriores.

Lo que no sé es por qué eso sorprende tanto. La estadounidense sigue siendo una sociedad partida, rara. Miren nomás: salimos del primer presidente negro en la historia americana y estamos muy cerca –qué miedo- de tener a Trump, óbvienme mayor explicación, como sucesor. Sonreí con el mismo escepticismo hace ocho años cuando las minorías celebraban el triunfo del hawaiano: el color de la cáscara no cambiará la calidad de la yema. Sí se ha avanzado mucho en derechos civiles, pero mientras no se priorice la educación cívica antes que su ejecución obligatoria –entiende primero por qué algo está mal, antes de no hacerlo- no se tendrá un concepto al menos más educado de por qué la discriminación es anacrónica e improductiva, aparte de insensata.

Bueno, el debate. Fue como todos los primeros encuentros: más bien un anti-debate. No hubo una sola propuesta concreta. La cosa no era ver qué se va a hacer con esta economía entibiada o nuestra inquietante (in)seguridad internacional: queríamos golpe y patadas. Sangre. Y hubo, sólo que con manchas de rouge y en cara masculina.

Y es que Hillary -quien no es santa de mi devoción pero al lado de Trump le perdono hasta esa insoportable sonrisa-mueca de Anabelle reformada- salió mejor parada. Ella no es político de raza, sino de campo. Y esos son los más peligrosos, difíciles de roer. Aprendió mucho todos estos años al lado de Bill y como parte del gobierno.

Trump no pudo contra Clinton porque enfocó el debate en… Trump. Yo soy exitoso, yo tengo plata y tú no, yo sé cómo hacer ricos a estos miserables, voten por mí. Creyó que le ganaría la moral a la otra tratándola como funcionaria, Secretary Clinton, empleadita de estado. Hillary, con una sonrisa genialmente condescendiente que debió haber desencadenado esos carraspeos nasales de cocainómano retirado con los que Trump nos torturaría durante todo el debate, lo fregó en one: yo te llamaré Donald nomás, papito.

Detalles así de simples marcan la pauta de un combate. No te enfoques en lo que haces bien tú, sino en lo que el otro hace mal. Clinton no dijo más que lo necesario para desesperar a un político inexperto como Trump: todos dicen que mi plan económico es mejor que el tuyo, así que, por lo tanto, es mejor pues. Tautología barata pero efectiva. ¿Dio alguna evidencia, mencionó el nombre de los expertos que predijeron el seguro desastre económico de ejecutarse el recorte de impuestos a las grandes corporaciones que propone Trump? No. Pero lo dijo convencida. Eso bastaba. El otro quería comérsela viva y se esforzó por controlarse. Su misoginia no fue verbal –no podía quemarse así a nivel nacional- pero sí conceptual: en treinta años no hiciste nada, tu jefe Obama no hizo nada, ninguno de ustedes sabe nada. Clinton, imperturbable: ¿y tú qué sabes, Donald? Quebraste tres empresas, no pagaste tus impuestos federales, no quieres hacer públicos tus ingresos, etc. Y el otro maldiciendo al mundo entero por no poder ahorcarla en vivo y en directo.

Las reglas del debate Trump–Clinton indicaban no interrumpir al otro mientras hablaba, pero no las del debate Trump–Trump. No pudo evitarlo e interrumpió a Hillary varias veces. Doble error. Uno: con eso reforzó su imagen de intolerante, cosa que ya-no-le-sir-ve en esta etapa. Ya no tiene que convencer a republicanos light, sino a demócratas confusos. Si no se suaviza quedará en la historia como la anécdota política que ojalá termine siendo, y no como el desastre social que probablemente sea si mejora su campaña. Porque sí: Trump aún tiene grandes posibilidades de ganar.

Dos: Clinton jamás se quejó. Lo miraba como quien mira al loquito de la clase que no tomó su tranquilizante. Ella incidió en presentarse como estadista, estrategia inteligente en este nuevo convencimiento a un electorado siempre voluble: América, no estuvo mal elegir a un negro, tampoco está mal ahora elegir a una mujer. Voten por mí.

La campaña recién empieza pero ya es histórica, lo cual la hace más interesante. Si gana Clinton, el pueblo estadounidense recibirá esa imagen social unificada que necesita desde la esfera más alta del poder: el presidente. La estadounidense es una sociedad muy simbolista, pegada a gestos seguidos por decisiones y no viceversa. Para por fin darle una solución a eventos tan lamentables como los ocurridos recientemente en Charlotte, la actitud y fuerza del presidente será crucial. La pregunta es: ¿qué presidente?

No es que necesariamente el caos esté garantizado con Trump –seamos prácticos, no es una democracia perfecta pero aquí existe el balance de poderes y tampoco es que el rubio tenga carta libre para realizar todas sus perturbaciones mentales- pero ya de por sí su elección marcaría una división social al menos inicial, lo que menos necesitamos en estos momentos en los que también se reavivan las sempiternas tensas relaciones con el medio oriente. La conclusión es que estos debates, incluso cuando no hay debate de por sí, nos ayudan a meditar cómo queremos ver al país los próximos cuatro años, probablemente ocho. Preparen el popcorn nomás, que viene más sangre. El rubio no sabe perder. Y los dos son rubios.

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