El Papá Darío de Literatura

Por: Hernán Gálvez Villavicencio

La noche que bajé a nuestro sótano y te descubrí escribiendo –nuevamente tu sonrisa mítica de medio lado, “hola flaco” (nunca me quitaste ese apodo de la infancia a pesar de las apabullantes contradicciones de peso actuales) pero ahora con un gesto travieso que te hizo aún más encantador- sentí tal mezcla de emoción y celos que sólo alcancé a balbucear nuestro clásico: “vi isti huivón…”

Emoción porque no sabía cómo ni cuándo habías empezado a escribir. Eras, eso sí, un magnífico lector. Pero a pesar de mis tercos delirios, intentos y fracasos con la Literatura, el contar historias por escrito no parecía ser algo que te llamara la atención. Me sorprendiste. Nunca hubiera imaginado que tu carácter alpinchista te había retado –“¿pero cómo, cuándo?, ¡cuenta, huevón!”- a escribir cuentos y, carajo, ¡una novela!…

Sin embargo todo tenía tanto sentido. O cobró sentido de pronto. Prodigabas grandes tertulias. Y siempre he creído que un escritor debe ser principalmente un buen conversador. Recordé de súbito las pocas cartas –tiempos incomparables cuando te enviaba mis primeras columnas impresas acompañando siempre los paquetes con alguna nota manuscrita- que me escribiste durante mis primeros años en Estados Unidos. Casi dos décadas ya.

Tenías una caligrafía elegante pero con tu toque, entre profesional y putón. Tu prosa era limpia, directa, sin mucho adorno ni ideas incompletas. Pero te permitías afectos epistolares que en persona medías sin cálculos –era parte de tu personalidad gotear abrazos, cariños.

Ya dije que también sentí celos. Yo no escribía. Me conformaba con leer y buscar excusas. Tu tratamiento empezaba a funcionar y tu ánimo a difuminar aquella sentencia en Lima: un año atrás a mi tío Gustavo y a mí un doctor insoportablemente práctico nos informó después de tu primera operación que te quedaban dos meses de vida. Conforme se aplacaba esa pesadilla empecé a tomar más trabajos y desconfiar menos de las enfermeras. El ambiente avizoraba una esperanza real. Mientras me desanudaba la corbata y me relatabas tu travesura literaria pensaba animado en que pronto también podría empezar a imitarte. Imitarte una vez más, como cuando pequeño. Aunque esta vez para tratar de ser yo, sin excusas.

Es que siempre quise ser escritor papá. Te lo dije esa noche y lo recuerdo ahora que te escribo mentalmente al visitarte siete meses después de tu partida. “Yo no” acotaste, inútilmente porque ya lo sabía. Lo que no sabía ni estaba preparado para escuchar –siento los mismos nervios tontos de esa noche mientras me agacho a acariciar tu lápida- fue aquella otra sentencia trascendental en mi vida: “pero de tanto leer tus vainas me dio curiosidad”.

“Qué vainas” te pregunté paralizado, avergonzado. “Tus cuentos pues. Los encontré en mis archivos”. Esa frase quizás trivial para ti equivalió para mí el Nobel de Literatura. El Papá Darío de Literatura. Mi papá me había leído. Mejor aún, releído.

Nos quedamos hasta la madrugada conversando. Yo andaba más parlanchín que nunca; tú particularmente lúcido (estabas contento huevón, tu escaneo de hacía unos días mostró una reducción significativa del tumor), bombardeándome de anécdotas familiares, románticas y amicales que provocaban lo mismo carcajadas serenas o silencios comodísimos. Así éramos. Nuestros silencios eran una pausa para continuar queriéndonos.

“¿No tienes que trabajar mañana, flaco?” se te ocurrió preguntar. Ya eran casi las tres de la mañana, todos dormían arriba de nuestro cubil. Pero qué importaba, “sí trabajo papá”, y seguí conversando sin preguntarte si querías descansar porque se te notaba ansioso por seguir con más chismes y recuerdos deliciosos que usabas como materia prima para las historias que ahora escribías. Yo trataba de adivinar a los personajes reales detrás de aquellos nombres inventados –muchos de ellos seguramente leyendo ahora estas líneas así que obviemos detalles hasta que se publiquen… Porque te publicaré, papá. Te lo prometí en vida y te lo susurro nuevamente ahora sobre tu tumba. Sólo dame tiempo, chino. Aún me dueles mucho.

**********

No es que espere que algún día me dejes de doler. Sólo que todavía no he llegado a ese estado necesario que me permita visitarte más entero, con los pedazos del dolor de tu muerte reconstruidos, más preparado a ti, a la nube inmensa, por momentos asfixiante que me acompaña y acompañará por siempre desde que te llevó el cáncer. Ya regresar a Perú ha sido un buen primer paso. No creo en el ritual de la visita al cementerio y lo sabes. Creo en las memorias, en situaciones, emociones, en imágenes desprovistas del físico. Pero el Perú eres tú. Regresar es visitarte. Enfrentarte. Es ilógico por donde se le mire porque no vivía contigo desde los nueve años cuando tú y mi mamá se separaron. De hecho mis recuerdos más diáfanos y recientes sobre nosotros tienen escenario gringo: vivimos literalmente juntos los tres años y pico de tu tratamiento aquí. Pero tal como lo conversamos aquella noche de mi Papá Darío de Literatura, escribir es como recordar: no escoges qué escribir, no escoges qué ni cómo recordar.

Esa fue tu sentencia, ¿te acuerdas?: las historias nos escogen. Me he sentado en esta banca frente al precioso lago Erie –donde una noche de pisco imprudente (habías venido a conocer a tus nietos sin saber que ya tenías el tumor) creímos ver un ovni, probablemente un avión sublimado por nuestra felicidad alcohólica- pensando escribir una columna sobre la matanza de Las vegas y la política de Trump sobre la posesión de armas. Pero mira: escogí este lugar para escribir sobre algo, pero el lugar prefirió que escribiera sobre ti. Las historias nos escogen…

Y no puedes pelear contra eso. Esa urgencia ignora incluso tu propia tranquilidad. Escribir una historia, más que un oficio, profesión u ocupación, es una condena. Puede producir angustia lo mismo que dolor, placer; un sibarita kafkiano de sonrisas y lágrimas confundidas en una urgencia ajena al tiempo, el hambre, hasta a la vida misma. Habría sido tan cómodo escribir sobre el presidente: me produciría al máximo un par de hipos y tal vez una visita a la farmacia para calmar la acidez. Pero escribirte es distinto. Duele. Una mano presiona con fuerza el lapicero contra el papel mientras la otra seca lágrimas o acompaña carcajadas. Según el párrafo, según el recuerdo…

Abrazo tu corbata como pocas veces te he abrazado debido a aquella distancia tácita que nuestras sonrisas de medio lado ritualizaron por 37 años. Aprendí a respetar tus afectos calculados. Pero ya no puedo. Te abrazo en todo lo que me recuerda a ti. Tus corbatas, tus ternos, tus fotos, tu guitarra… Ahora incluso tu tumba. Porque ya no estás.

Ya no estás… Tengo que escribirlo y toca, obviamente, mano izquierda hacia mis mejillas. Ya no estás. Ya no estás. Por eso necesito tiempo para visitarte –ergo, leerte-, papá. Me enseñaste a saber estar solo (“Nunca vas a estar solo, flaco. Siempre estás contigo”) pero no me preparaste para saber estar sin ti, so huevón. Y esa sentencia tengo que procesarla solo. Y está bien. Puedo abrazarte por fin ahora que ya te fuiste como nunca pude abrazarte cuando estabas. Puedo conversarte también por fin de cosas que ignorabas porque sé que me toca ahora bancármelas solo y no puedes ya amonestarme.

Pero todavía no puedo leerte. Ahí están tus cuentos, tu letra en esos borradores que he guardado en una caja hasta que pueda respirar de nuevo cuando los lea. Lo intenté antes de viajar y fue un fiasco lacrimógeno total que me hace bien evitar por ahora. Pero dame crédito, viejo. He resistido visitar Perú. Visitarte, pues. Por eso ahora pude, antes de enterarme que terminaría escribiendo sobre ti, también visitarte aquí recordando nuestras andanzas, parado afuera de aquel departamento de la Detroit –pude ver la luz de tu esquina desde afuera, aunque tu esquina no tenía ventanas- y de la casita ranchera de la Maple Ridge Road, nuestro posterior sótano y cubil final antes de que te mudaras brevemente conmigo al departamento de divorciado. Departamento donde en Diciembre del año pasado nos despedimos –tu partiendo “brevemente” a Perú, yo a Italia- prometiéndonos encontrarnos en Lima y planear la siguiente fase de un tratamiento que ya no existió. Así es la vida. Así fue tu vida. Pronto la visitaré nuevamente. Te lo prometo. Dame crédito, viejo. Mira que nuestro sótano sí tenía ventanas pero ahora que lo he visitado noté que las han tapiado. Y aun así pude, al igual que con el departamento de la Detroit pero, sobre todo, con Perú, ver tu luz. La luz que me acompañará por siempre. Y sentir esta sentencia –esta sí condena agradable- de que puedo vivir con ella.

hgalvez@me.com

Twitter: @hernanpocofloro

 

Hernán O. Gálvez

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